Hay viajes que no se miden por kilómetros ni por la perfección de su trazado, sino por las historias que dejan atrás. Aventuras donde los contratiempos se transforman en risas, las cuestas en desafíos compartidos, y cada pedaleada se convierte en una forma de celebración. Así fue nuestra travesía de este año con los amigos de “Caminos de Frontera cycling zone”, recorriendo en bicicleta el trayecto desde Soria hasta Vinuesa, siguiendo el curso del Duero y deteniéndonos ante la memoria indómita de Numancia, símbolo eterno de resistencia y orgullo.
El viaje comenzó temprano, con el aire frío de la mañana soriana anunciando promesas de aventura. Antes de lanzarnos al camino, dedicamos un tiempo a descubrir dos joyas que custodian las orillas del río.
Primero, la ermita de San Saturio, suspendida sobre la roca, donde las leyendas del santo anacoreta se entrelazan con el murmullo del Duero. Guiados por un experto, recorrimos sus capillas mientras la luz filtrada entre los chopos iluminaba el agua abajo, como un espejo del tiempo.
A pocos minutos, nos esperaba el monasterio de San Juan de Duero, con su claustro de arcos entrelazados que parece tejido con sueños de Oriente. La visita guiada nos reveló la fusión armoniosa de estilos —románico, islámico y mudéjar—, dejando en el aire la certeza de que Soria guarda un patrimonio espiritual tan sereno como poderoso.
Con esas imágenes aún frescas, montamos en las bicicletas y emprendimos la marcha. El sol ascendía sobre los campos, y el Duero nos acompañaba, manso y fiel, al otro lado del sendero. Los álamos y fresnos del camino, ya dorados por el otoño, parecían aplaudir nuestro paso.
Apenas media hora después, el primer obstáculo: una cadena rota. Entre risas y manos manchadas de grasa, Agustín y Óscar improvisaron una reparación digna de epopeya. “Estas cosas también son parte del viaje”, dijimos, conscientes de que cada avería tiene su lugar en la memoria de la aventura.
Nuestra siguiente parada fue el alto de Garray, donde el espíritu de Numancia sigue desafiando al tiempo. Recorrer sus calles reconstruidas es sentir la historia viva bajo las ruedas, imaginar el coraje de aquellos que resistieron a Roma. Con el Moncayo vigilando a lo lejos y el Urbión alzándose por el otro lado, escuchamos las explicaciones de una guía apasionada que hizo revivir cada piedra.
Pero la fortuna, caprichosa, volvió a poner a prueba nuestra paciencia: una sucesión de pinchazos obligó al grupo a detenerse. En Garray, mientras comíamos, Sergio de Madchain se convirtió en héroe improvisado, reparando ruedas entre bromas y torreznos. Los abrojos, culpables del infortunio, quedaron atrás mientras el grupo retomaba el rumbo con espíritu renovado agradecidos del apoyo que brinda Sergio desde su furgoneta taller.
El atardecer nos encontró llegando a Vinuesa, perla de la sierra del Urbión. El camping El Cobijo fue nuestro refugio: un lugar sereno entre pinos, donde el cansancio se convirtió en satisfacción. Allí, entre herramientas, risas y una cena bien ganada, celebramos el fin de una jornada exigente y hermosa, marcada por la camaradería y el aire puro de la montaña.
La mañana siguiente nos recibió con el rumor del bosque y el encanto de Vinuesa, la “corte de los pinares”. Sus calles empedradas, sus balcones floridos y el aroma a madera húmeda hablaban de tradición. Tras un café en la plaza Mayor, emprendimos la ruta hacia Abejar, bordeando el embalse de la Cuerda del Pozo, espejo inmenso donde se reflejan las nubes y los pinos. El aire fresco del agua se mezclaba con el perfume de la resina, y por momentos, todo el paisaje parecía respirar al unísono con nosotros.
En Abejar, tierra de trufas negras, nos aguardaba un merecido descanso. Bocadillos, risas y un refresco bastaron para reponer fuerzas antes de tomar la vía verde de regreso a Soria.
El antiguo trazado ferroviario, ahora senda cicloturista, se convirtió en un último regalo: túneles, viaductos y tramos abiertos al campo, donde el viento en contra nos recordó que la dificultad también embellece el viaje.
Y así, al llegar nuevamente a Soria, cansados pero plenos, comprendimos lo esencial: que este recorrido no se recordará por su perfección, sino por la intensidad de cada instante vivido.
Porque viajar en bicicleta es aceptar lo imprevisto, abrazar la aventura y celebrar el camino.
Porque cada kilómetro compartido, cada risa, cada parche y cada paisaje, quedarán grabados para siempre en el alma del viaje.
