Primer día
Una nueva edición de Bicicletas y Torreznos tuvo lugar el 30 de mayo por las Tierras Altas de Soria. Esta vez el comienzo fue en Ágreda, bajo la atenta mirada del Moncayo y la detalladísima organización de nuestros amigos de Caminos de Frontera – Cycling Zone. Antes de pedalear, el grupo recorre su casco histórico con una guía local que explica la riqueza de una villa fronteriza entre Castilla, Aragón y Navarra. Murallas, iglesias y calles medievales muestran la convivencia histórica de las tres culturas. Ágreda es un lugar vivo, no un escenario. En la Plaza Mayor se reúnen cincuenta ciclistas: reencuentros, nervios y bicicletas listas para partir. Este año mi MTB lleva cubiertas 29×2.10 Smart Sam y desarrollo generoso. Para mi un acierto las cubiertas y no faltó desarrollo, así que contento con la elección.
La salida se realiza por pistas agrícolas entre campos de cereal. El paisaje se abre en amarillos y verdes, y el ritmo del pedaleo organiza la jornada. La bicicleta convierte el territorio en una experiencia lenta, donde aparecen el vuelo de rapaces, el olor de la tierra y el sonido del viento.
Tras casi una hora se alcanza Muro de Ágreda, donde bajo el pueblo se encuentra el antiguo enclave romano de Augustóbriga, asentado sobre un núcleo celtibérico. Su importancia estratégica queda explicada en el museo local, que conserva restos arqueológicos que narran la vida cotidiana romana y su papel en la vía entre Caesaraugusta y el interior de Hispania. A las afueras se visita la Fuente del Saz, un vestigio de ingeniería hidráulica romana que sigue en funcionamiento, conectando dos mil años de historia.
La ruta continúa hacia el puerto del Madero. La subida por pistas agrícolas exige esfuerzo y paciencia. El grupo se estira, cada ciclista encuentra su ritmo entre lomas y campos. El paisaje se abre desde la cima y el esfuerzo se transforma en silencio y respiración. Tras reagruparse, llega el descenso.
En Pozalmuro el viaje se detiene para comer. Nos juntamos con los que prefirieron cruzar el Madero en el vehículo de apoyo que proporciona el Albergue de Tierras Altas. En el bar de la plaza, bajo la sombra de la terraza, el grupo descansa. Se sirven bocadillos, refrescos y torreznos, que se convierten en uno de los momentos más recordados del día. Entonces comienza una lluvia fina que refresca el ambiente y suaviza la tarde. Nadie tiene prisa por marcharse.
Con la lluvia aún presente se atraviesan Masegoso y Castellanos, donde dos torreones medievales recuerdan el carácter fronterizo de estas tierras. Son restos silenciosos de un sistema defensivo que vigilaba caminos y comunidades.
El siguiente punto es Valdegeña, pueblo de origen del escritor Avelino Hernández (1944). Su obra, ligada a la literatura infantil, la poesía y la narrativa, retrata la vida rural y la despoblación en las Tierras Altas de Soria. Libros como El viaje del agua reflejan su mirada sobre lo pequeño y lo cotidiano, convirtiendo este territorio en parte esencial de su universo literario.
Desde allí, el camino entra en un bosque. La subida es larga, húmeda y silenciosa. El grupo se fragmenta en el esfuerzo. Al coronar, el paisaje se abre y la bajada lleva a Magaña, dominada por su castillo medieval, símbolo de su importancia estratégica histórica.
En Magaña, el grupo descansa en la plaza-frontón, donde el bar se convierte en refugio. La terraza ofrece una pausa larga con el castillo en lo alto como telón de fondo.
El tramo final conduce a Fuentes de Magaña por una carretera tranquila. El castillo se aleja hasta volverse silueta. El cansancio ya es compañía más que peso.
El día termina en el Albergue de Tierras Altas. Bicicletas apoyadas, duchas reparadoras y una terraza donde las cervezas saben a final de etapa. La excelente cena reúne al grupo y reconstruye el recorrido en conversaciones: Muro, el museo, los torreznos, la lluvia, los torreones, Valdegeña y Avelino Hernández, el bosque y Magaña.
La noche cae sobre Fuentes de Magaña. El viaje continúa durante el sueño, pero la jornada ha terminado.
Segundo día
El segundo día amaneció con esa luz limpia de las sierras sorianas, una luz que parece recién estrenada cada mañana. Tras un generoso desayuno y recoger el avituallamiento para la jornada en el albergue, salimos de Fuentes de Magaña con el fresco todavía agarrado a las cunetas y las piernas preguntándose si estaban preparadas para otra jornada de bicicleta. La respuesta, como casi siempre, la daría la carretera.
La subida hacia Valdelavilla comenzó suave, dejando que el cuerpo encontrara el ritmo. El asfalto se retorcía entre laderas cubiertas de cultivo y matorral, sin tráfico, sin prisas, con el único sonido de las ruedas sobre la carretera y algún cencerro lejano. Después de una súbita y vertiginosa bajada aparece Valdelavilla, un pueblo singular que parece suspendido entre la realidad y la ficción. Sus calles vacías y sus casas restauradas han servido de escenario para películas y series de televisión. Pasear en bicicleta por allí produce una sensación extraña: todo parece auténtico y, al mismo tiempo, parece que en cualquier esquina va a aparecer un equipo de rodaje dando instrucciones.
Tras la visita continuamos con la bajada. La bicicleta recuperó de golpe toda la energía invertida en la ascensión y nos dejamos caer por la pista de grava, disfrutando del viento fresco en la cara. El paisaje se abrió después hacia un pequeño valle escondido entre montañas, uno de esos rincones que apenas aparecen en los mapas y que, precisamente por eso, conservan un aire secreto. Allí el silencio era tan profundo que parecía amplificar el canto de los pájaros y el rumor de algún arroyo invisible.
Por ese corredor natural alcanzamos Valdeprado y más tarde Cigudosa siempre por pista. Los pueblos aparecían tranquilos, casi inmóviles bajo el sol del mediodía. En Cigudosa llegó el momento de tomar aire. Un refresco frío, algo de comida y la conversación pausada de quien sabe que todavía queda camino por delante. Las bicicletas descansaban apoyadas contra una pared mientras nosotros recuperábamos fuerzas. No hay banquete más satisfactorio que el que llega después de varios kilómetros pedaleando.
La sobremesa fue breve. Nos esperaba el puerto hacia Castilruiz, más de siete kilómetros de subida constante. No era una ascensión feroz, pero sí de esas que obligan a encontrar un ritmo paciente. Curva tras curva, el paisaje iba ganando amplitud. Mirar hacia atrás permitía descubrir el valle recorrido y entender mejor la geografía de esta frontera entre montañas y llanuras.
La llegada a Castilruiz tuvo sabor de pequeña victoria. Como tantas veces en las rutas ciclistas, el bar de las piscinas apareció en el momento justo. Otro refresco, un bocadillo y unos minutos de sombra bastaron para devolver la alegría a las piernas. Son esos lugares humildes los que terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables del viaje.
Desde allí continuamos hacia Añavieja y después rumbo a Ágreda. La tarde avanzaba despacio, con una luz más dorada que suavizaba los contornos del paisaje. El cansancio empezaba a notarse, pero también esa satisfacción difícil de explicar que solo aparece después de un día completo de bicicleta. Cuando las primeras casas de Ágreda aparecieron ante nosotros, supimos que habíamos completado mucho más que una etapa: habíamos atravesado una colección de valles escondidos, pueblos silenciosos y carreteras secundarias que parecen hechas para quienes todavía creen que viajar despacio es la mejor manera de conocer un territorio.
Información técnica
Bicicleta: MTB rígida con transmisión XT 3×10, cubiertas Smart Sam 29×2.1 (la de las fotos)
