Por fin después de bastante tiempo deseándolo, he recorrido en bicicleta la vía verde del Irati entre Pamplona y Lumbier. Trazado que en el futuro formará parte de la EuroVelo Ibérica que también parte desde Pamplona. Es con seguridad Pamplona la localidad más afortunada de Europa en cuanto a trazados EuroVelo. Por ella discurren dos de las grandes rutas EuroVélo, EuroVélo 1 Ruta de la Costa Atlántica, EuroVélo 3 Ruta de los Peregrinos y comienza (o termina) EuroVélo Ibérica.
Esta vía verde del Irati comenzó a desarrollarse con un primer estudio técnico y de viabilidad en 1994, por el ayuntamiento de Lumbier. Se realizó una inspección de campo en diciembre de 1994 y un estudio, posteriormente en 2007 se recuperó y actualizo el estudio por Fernando Hualde. Nada más y nada menos que 32 años. Y aunque todavía no está terminado ya es posible recorrerlo.
Comparto aquí los tracks de la ida por la vía verde del Irati que realicé el 4 de abril de 2026 entre Pamplona y Lumbier, y el de la vuelta el 5 de abril de 2026 por el alto de Loiti de Lumbier a Pamplona. Completando un recorrido circular muy interesante entre Pamplona y Lumbier.
Para realizarlo, recomiendo cubiertas rodadoras, porque las pistas están perfectas y hay el segundo día kilómetros de carretera. Por ejemplo 28×1,6 Schwalbe Hurricane, como la rueda delantera de la bicicleta de las fotos.
De Pamplona a Lumbier: una vía verde que hay que ganarse
Hay rutas que empiezan rodando y otras que empiezan soñando. Esta es un poco de las dos. Salgo directamente desde la puerta de casa, enlazando carriles bici que me permiten abandonar Pamplona sin prisas ni coches. Es ese tipo de inicio que todo cicloturista agradece: cómodo, progresivo, casi sin darte cuenta ya estás fuera de la ciudad. La tranquilidad dura hasta pasada la urbanización residencial de Gorraiz. Ahí cambia el guion.
A partir de este punto, toca ponerse serio. Las pistas agrícolas hacia Ustarroz no entienden de medias tintas: rampas duras, bajadas rápidas y terreno que te recuerda que de momento esto no es un paseo cualquiera. No es bonito en el sentido clásico. No es cómodo. Y desde luego, no es ese EuroVélo amable y continuo que muchos esperan. De momento es el único trazado que permite salir de Pamplona sin tráfico y conectar con la vía verde de verdad. Tras cruzar la carretera, aparece un monumento discreto pero simbólico: el homenaje a los trabajadores del antiguo ferrocarril.
Cuesta no pensar en lo que podría ser una conexión perfecta hasta Pamplona, sin interrupciones ni cuestas. Uniendo Ibiricu con este monumento de manera llana se evitaría este tramo tan duro sin espíritu EuroVélo y se evitaría cruzar la carretera. Ojalá algún día.
En este monumento cambia todo. Aquí empieza el viaje de verdad. El terreno se suaviza, el entorno se abre y, de repente, te encuentras rodando por una vía verde que parece escondida del mundo. Campos, regatas, colinas suaves… silencio. Solo el sonido de las ruedas. Este tramo es puro cicloturismo. De ese que no necesita filtros.
La vía te lleva casi sin darte cuenta hasta Urroz Villa. Aquí tienes dos opciones: parar en el merendero junto al camino o subir al pueblo. Yo recomiendo lo segundo. Una tortilla de patata bien hecha, un paseo por su plaza medieval (la más grande del antiguo Reino de Navarra) y listo: energía renovada.
De camino a Artajo, la ruta sigue siendo muy disfrutable, aunque con pequeños detalles: alguna pasarela obliga a bajarse de la bici. Nada importante. Lo interesante llega al elegir variante. Entre Murillo de Longuida y Artajo puedes seguir el trazado original… o hacer el bucle de Artajo y Larrangotz. Yo lo tenía claro. Este desvío es de lo mejor de la ruta: un puente colgante con historia, un trazado pegado al río y esa sensación de estar recorriendo algo especial. Totalmente recomendable y 100% ciclable.
No todo iba a ser perfecto. Entre Artajo y Artieda toca carretera. Hay que subir y bajar una colina porque los antiguos puentes aún no están reconstruidos. Es un tramo corto, pero rompe el ritmo y deleite. Eso sí, también dejo claro que esta vía verde sigue en evolución y que cuando los puentes vuelvan a estar en su sitio se podrá evitar este desnivel.
Y entonces llega la recompensa final. Desde Artieda hasta Lumbier, la vía verde vuelve a ser lo que uno espera: continua, tranquila y espectacular. Un tramo para disfrutar sin mirar el reloj. Una experiencia cicloturista “gran reserva”, por la que 32 años de espera han merecido la pena.
Termino el día en el hotel Irubide, justo a la entrada de la Foz de Lumbier. Reabierto hace poco, es uno de esos sitios que encajan perfectamente en una ruta así: cómodo, bien cuidado y pensado para descansar. Además, tiene restaurante y cafetería, lo cual después de una jornada completa se agradece mucho.
Regreso a Pamplona: carreteras olvidadas y caminos tranquilos
Amanece en Lumbier con esa mezcla de calma y piernas aún cargadas del día anterior. Sin prisa, pero sin pausa, arranco la ruta de vuelta en dirección a Tabar por la carretera de Izagaondoa. Una de esas carreteras que parecen hechas para la bici: sin tráfico, silenciosa, casi íntima. Perfecta para empezar el día dejando que el cuerpo vuelva a coger ritmo.
En Tabar abandono el asfalto y me adentro entre pistas agrícolas. El paisaje se abre en verdes intensos, campos que se extienden hasta donde alcanza la vista y caminos que invitan a perderse… aunque el rumbo esté claro.
El objetivo es claro: alcanzar la antigua carretera del Pirineo. La magia de las carreteras que ya no importan. Hoy prácticamente olvidada por los coches, sustituida por la autovía, esta carretera se ha convertido en un pequeño paraíso ciclista. Rodar por aquí es como viajar en el tiempo: curvas suaves, firme perfecto y una tranquilidad difícil de encontrar. Camino al alto de Loiti empiezo a cruzarme con otros ciclistas. No hace falta decir nada: una mirada, un gesto con la cabeza, todos sabemos que estamos disfrutando de algo especial.
Tras coronar, dejo que la bici corra cuesta abajo hasta Izco. Allí conecto con el Camino de Santiago aragonés en dirección a Monreal. Este tramo es una sorpresa. Lejos de senderos complicados, aquí el Camino es una pista agrícola firme, en muchos tramos con losa de cemento, que permite rodar con comodidad. A ambos lados, campos verdes y colinas suaves crean un paisaje abierto y relajante. Un lujo para el cicloturismo.
A partir de Salinas de Ibargoiti, el Camino se vuelve más vivo. Aparecen un par de peregrinos, el ambiente cambia y el recorrido se adentra en un bosque que se agradece especialmente cuando el sol empieza a apretar. Es un tramo corto, pero tiene algo especial. Quizá sea la mezcla de ritmos, de historias, de caminos que se cruzan.
En Monreal hago la única parada del día. Sin complicaciones: un bocadillo de jamón con tomate en un bar del pueblo. A veces no hace falta más. Un poco de sombra, algo de comida y esa sensación de estar justo donde quieres estar.
Retomo la marcha por la vieja carretera del Pirineo en dirección a Pamplona. Aquí todo es más fácil. La carretera desciende suavemente, el pedaleo se vuelve ligero y el paisaje acompaña sin exigir nada. Es ese tipo de final en el que casi no quieres que se acabe. Para evitar el tráfico, entro a Pamplona por caminos tranquilos: las huertas de Noáin, después el trazado junto al río Sadar entre Tajonar y la ciudad. Poco a poco, sin darme cuenta, vuelvo al carril bici. Y de ahí, directo a casa.
Termina la ruta donde empezó. Pero no es lo mismo. Porque entre medias quedan dos días de caminos, de esfuerzo, de paisajes y de esa libertad que solo se siente viajando en bici.
